Mi vínculo con el mundo felino es relativamente nuevo, mucho más reciente que mi profunda admiración por la literatura japonesa. Dicen algunos que la humanidad está dividida entre aquellos que aman a los perros y los otros, los cultores del cariño gatuno, pero creo que esa división tajante ya no es tal. Solo sé que una vez que dejas que los encantos de un gato se apropien de tu persona, ya estás perdido; te convertirás en un adorador condicional de su galante existencia. Por eso y siguiendo la temática, comparto con ustedes un pequeño comentario sobre “El gato que venía del cielo” de Takashi Hiraide, obra que tiene como protagonista a uno de estos animalitos.
Solo tuve la posibilidad de leer las primeras páginas del libro, pero eso es muestra suficiente para tomar nota del espíritu que transita la obra y le da identidad. En solo 160 páginas Takashi construye un mundo, le da cuerda y lo pone a andar, todo ello en un tono delicado y augusto. El escritor trabajó durante años en el mercado editorial pero no fue hasta esta primera novela que decidió dar el gran paso con la narrativa. Para su sorpresa, la crítica lo recibió con los brazos abiertos y así también sus colegas, siendo premiado en varias oportunidades. Si desean conocer a “El gato que venía del cielo” pueden hacerlo a través de la traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, publicada por Editorial Alfaguara el año pasado.
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